Los Cristeros
Siendo presidente de la República, Plutarco Elías Calles (1924-1928) se vio envuelto en tres grandes problemas: la lucha contra los latifundistas a raíz de la aplicación del artículo 27 constitucional; contra las compañías petrolíferas extranjeras y contra la Iglesia Católica, a quien se le exigia el respeto a las normas constitucionales establecidas en los artículos 27 y 130. Esto último fue el detonante de un conflicto que duró varios años, acarreando una serie de enfrentamientos entre católicos que protegían a los ministros del culto y el propio Gobierno.
A raíz de un decreto que promulgó el Presidente Calles el 24 de junio de 1926, se establecieron severísimas penas para todos los clérigos, el motivo era que no se había obedecido los mandatos constitucionales, prohibiendo inclusive que los sacerdotes utilizaran su sotana fuera de los templos.
Ante esta situación, la Iglesia decidió cerrar al culto los templos católicos, en señal de protesta por la persecución de que era objeto, el 31 de Julio de 1926. En Tarimoro se levantó un grupo de personas para formar parte de la Liga Degensora de la Libertad Religiosa, cuya principal actividad era la de proteger a los sacerdotes de esta religión, quienes a escondidas en casas particulares celebraban la Santa Misa, bautizaban, realizaban matrimonios y atendían en sus necesidades espirituales a los feligreses, que a hurtadillas asistián a los lugares preestablecidos con todas las preocupaciones que las circunstancias así lo requerían.
Un hecho que conmocionó a la localidad, fué el sacrificio del sacerdote Fray José Pérez, acaecido en terrenos de la hacienda de Cacalote de este municipio.
Fray José nació en Coroneo, Gto., el día 29 de diciembre de 1890. Fue ordenado sacerdote en Santa Bárbara, California, en Estados Unidos, el 14 de junio de 1919. Regresa a su patria y canta su primera misa en Jerécuaro, Gto., el 6 de enero de 1920. Pasa algún tiempo en el convento de San Antonio en Querétaro, de donde es enviado a la parroquia de Acámbaro y a su vez se le comisiona para atender la vicaria fija de Jerécuaro, que pertenecía en aquel entonces a Acámbaro en el año de 1922.
El campo de acción de este joven sacerdote se extendía hasta el municipio de Tarimoro, dada la cercanía con Jerécuaro.
Ejercía su ministerio entre muchas penalidades en ambos municipios, no le importaban las incomodidades y la dificultad de transporte, en virtud de que lo hacía, ya a pie o a caballo, pero siempre custodiado por un grupo de feligreses.
En la Cañada de Tirados se celebraba en mayo de 1928 con gran devoción el Mes de María. Un grupo de cristianos acudió a Jerécuaro a solicitar la presencia de Fray José, para clausurar dicho mes el día 31. Para aquel entonces, ya había otro sacerdote en aquella parroquia y sin pensarlo mucho se autorizó aquel estimado franciscano para que se trasladara a la Cañada.
Aquel 31 de mayo, desde muy temprano Fran Josesito, como lo llamaba la gente, inició su ministerio pastoral, confesando a un buen número de personas y celebró la Santa Misa, exaltando la participación que habían tenido los presentes a tan importante ceremonia.
Terminados los actos religiosos, el padrecito determina regresar a Jerécuaro. Un grupo de campesinos encabezados por su jefe agrarista de nombre Isidoro, se prestaron a acompañarlo y montando a sus cabalgaduras iniciaron el viaje de regreso.
No habían recorrido mucho tramo cuando en forma inesperada en un lugar conocido como El Cajón, les salen al paso un piquete de soldados que ya los habían estado vigilando agazapados entre los matorrales. De inmediato el capitan que comandaba lanzó el grito de -¡Alto ahí!-
Isidoro y dos de sus compañeros, sorprendidos, tuercen la rienda a su caballo y emprenden la fuga a todo galope. Los soldados apuntan sus armas y descargan una serie de balazons que dan en el blanco. Caé el jefe agrarista, sin embargo los otros dos, que también intentaron huir, lograron su objetivo. El resto de los acompañantes de Fray José permanecieron en sus caballos. -"Pie a Tierra"- fue la orden que dio nuevamente el capitan. Todos obedecen; enseguida se percata de que los caballos que traían los campesinos eran bastante buenos. Dió instrucciones a los soldados que se los quitaran, éstos ni tardos ni perezosos, echaron mano a la rienda de las cabalgaduras.
Uno de ellos traía atada en la silla un maleta, que de inmediato el soldado en turno la desató y la lanzó por los aires, la cual al caer al suelo se abrió y quedaron regados los ornmentos y vasos sagrados que ahí había depositado el Padre José.
En ese momento se disiparon las dudas de la soldadera; habían aprehendido a un sacerdote, pero no sabían cual de los asaltados era el ministro de la iglesia, en virtud de que Fray José se encontraba vestido como un simple campesino.- ¿Quién era el Cura?-, interceptó el capitán.
-Yo señor- contestó inmediatamente Fray José, quien sotenia su mano en el pecho, ya que trahía un relicario con las hostias que minutos antes había consagrado. Le fue arrebatado el relicario y después se supo, que fue a parar a un lupanar donde uno de los soldados lo había llevado para mofarse de él. Sin embargo en dicho lugar las prostitutas se negaron a cometer tal sacrilegio.
El padre José rogó al comandante dejara libres a sus acompañantes. Este accedió en parte, pero detuvo a tres de ellos quienes juntos con el sacerdote, fueron trasladados a Tarimoro para su consignación ante las autoridades.
Al llegar a Tarimoro, inmediatamente los vecinos, que ya conocían al "Padrecito" se enteraron de su arresto. La noticia se regó como pólvora y aún a sabiendas del rieo que se corría, no faltaron las personas que le llevaron agua y algo de comida, para aliviar un poco los sufrimientos de los que venía siendo objeto. El Presidente Municipal en esa época, Don Rafael Yañez, abogó ante el capitán para que soltara al Padre, a sabiendas del cariño y respeto que el pueblo le tenía, pero su intervención fue del todo inútil.
Para evitar cualquier riesgo, se dieron instrucciones de que los detenidos fueran trasladados a Salvatierra, saliendo de Tarimoro como a las 3 de la tarde y llegaron a aquella ciudad a las 6 del mismo día 31 de mayo. Ahí se le interrogó. Lo encierra en la prisión junto con sus amigos Bonifacio Ortiz y Mauro López. Pasan esa noche en salvatierra y al siguiente día, viernes primero de junio, muy temprano se les conduce a la estación de ferrocarril para trasladarlos a Celaya. En ese lugar es conducido al cuartel, donde se encontraba el jefe militar superior. Allí encierran a los prisioneros durante esa noche y al día siguiente, sábado 2 de junio, a primeras horas se trasladaría al sacerdote de nueva cuenta a salvatierra adonde nunca llegó, ya que en un lugar ubicado a escasos metros de la actual carretera Celaya-salvatierra, a la altura del entronque a la carretera de la noria, fue fusilado después de haberlo martirizado en forma por demás violenta.
La hora de la ejecución fue a las cinco de la mañana, a escuchar los fatídico disparos, algunos de los vecinos se atrevieron a acercarse y vieron en un saco de sangre al sacerdote. El administrador de la hacienda de Cacalote. Don Luis Hernández Aragón, escribió un recado a las autoridades de Tarimoro, para dar parte de los acontecimientos que acababan de ocurrir. Por cuestiones de distancia no fue hasta el mediodía cuando éstos llegaron, de tal suerte que el cuerpo permaneció más de seis horas expuesto a los rayos del sol. Se dio la orden de levantarlo y ya con mayor confianza, un gran número de vecinos le llevaron flores y formaron un cortejo para acompañar a aquél mártir que fue trasladado a Tarimoro, en donde mediante todo género de manifestaciones del duelo, se veló el cadáver la noche del dos de junio.
Al día siguiente a muy temprana ahora, se dieron órdenes de que fuera llevado el ataúd a Salvatierra, cabecera del partido judicial de Tarimoro, para los trámites legales correspondientes. Los vecinos lo hicieron en forma organizada lo trasladaron en hombros, participando los habitantes de cada una de las comunidades por donde tenía que pasar el cortejo y con profunda devoción.
Ya Salvatierra se depositó el cadáver; una multitud de gente acudió a rendir homenaje al saber de quien se trataba. Confundidos entre aquel numeroso contingente, se encontraban varios sacerdotes disfrazados; dadas las circunstancias enseguida se realizaron las diligencias y fue sepultado en el parque municipal.
El pueblo ha llegado a considerar a fray José como un santo, se le ha levantado una capilla en el lugar del sacrificio y cada año, el 19 de marzo, fecha de su onomástico, se congrega un gran número de católicos para rendir homenaje y culto, aún cuando no ha sido canonizado.
Para construir dicha capilla, la señora M. Luz Villagómez, viuda del propietario de la hacienda de Cacalote, don Juan José Argomedo, expidió un documento en la Ciudad de México el 24 de octubre de 1949, en el cuadro hacía constar que su difunto esposo, había cedido voluntariamente una fracción de terreno de 700 x 400 metros para tal fin. A instancias de las autoridades de la noria y Cacalote: Fernando López y José Sáenz respectivamente, quienes a su vez cedieron los derechos a los padres franciscanos residentes en Salvatierra.
El pueblo y los padres franciscanos han creado una tradición, que al transcurso de los años se ha convertido en una de las fiestas religiosas anuales del municipio de Tarimoro. Un sinnúmero de peregrinos se dan cita en el lugar, entonando cantos y alabanzas como las que se transcriben en la monografía de Tarimoro.
Todos los datos relacionados con fray José fueron tomados del libro que Fr. Eliseo Ruiz OFM, escribió acerca de este mártir de la iglesia católica y que intituló: relato de la vida y muerte trágica del humilde sacerdote franciscano, publicado en 1973.
Las ásperas relaciones iglesia-estado durante el último lustro de los años veintes, llegaron a suavizarse cuando durante la administración del presidente de la república don Emilio Portes Gil, declaró en el mes de mayo de 1929 a periodistas europeos y estadounidenses: "el gobierno de México como se ha repetido hasta el infinito, no persigue precisamente la religión; por lo tanto, nada impide que la Iglesia Católica vuelva oficiar, cuando lo desée, con tal de que, naturalmente, se someta a las leyes que rigen en materia de cultos".
El arzobispo de Morelia, monseñor don Leopoldo Ruiz y Flores, quien había sido nombrado delegado apostólico de la santa Sede en México y con la anuencia del Papa Pío XI, se entrevistó con el presidente en el mes de junio, teniendo como escenario el Castillo de Chapultepec. Como resultado de estas pláticas, el 22 de junio se signó un comunicado conjunto que manifestaba el acuerdo por ambas partes, de restablecer el orden constitucional en materia del culto católico.
El 30 de junio de 1929, todas las campanas de las iglesias de México se tocaron jubilosamente anunciando la buena nueva. A partir de ésa fecha se dio por concluido este conflicto que había provocado enfrentamientos y derramamiento de sangre.
A consecuencia de este logro, el 12 de julio se hizo entrega del templo parroquial de Tarimoro al Sr. Presbitero José Inés Hurtado, de acuerdo con las instrucciones del gobierno giradas mediante la circular número 1.03.24, expediente 1.40.78 de la secretaría general del gobierno del estado de Guanajuato, interviniendo el Sr. Vicente Arroyo como presidente municipal; debiéndose llevar a partir de esa fecha un libro de registros de templos y encargados avalado por las autoridades municipales.
El 10 de septiembre de 1929 se registra como nuevo encargado al Sr. Pbro. Francisco Aguilera Pérez. Este sacerdote fue muy apreciado por la mayoría del pueblo, a tal grado de que, aunque no era originario de este lugar, quiso pasar los últimos años de su vida en Tarimoro, donde murió y fue sepultado en la capilla llamada "La Guadalupita" que el mismo creo.
Entre todos los acontecimientos, bien es cierto también que aquel ambiente de inseguridad propició el bandolerismo, ya que era muy frecuente el grupo de gavilleros se organizaban, empuñaba las armas y se dedicaban al pillaje, a extorsionar a la gente y muchos de los casos llegaban hasta el asesinato en aras de la "defensa" de la religión católica.
Información extraída de "La Monografía de Tarimoro"
Autor: Aurelio Cornejo Rubio.
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